Polaroids

Tras un mes de vida sigue todavía abotargado. El pelo sudado —esa pelusa que pronto se le caerá—, la mirada desenfocada. Incómodo. Arrancado del limbo. Traído a traición a esta tierra inhóspita.

Comen en un restaurante exótico. El abuelo le ofrece un trozo de alga de su plato y el niño lo come. Y pide más. La familia ríe alborozada. Este niño come de todo. Es tan bueno, apenas llora y cómo come de bien. Los amigos les dicen que han tenido suerte.

Los vestuarios del instituto tras la clase de gimnasia. Algunos compañeros se duchan y tú no. Tienen el cuerpo transmutado en el de un adulto, o eso crees tú —todavía no sabes que adulto significa declive, nausea, imperfección; aún piensas que es sinónimo de belleza, de Apolo... esta tersura, esos músculos en flor—. Tu cuerpo infantil, sin definir, redondeado, tan vergonzante que es mejor ocultarlo bajo el chandal sudado y permanecer así el resto del día. Ya te ducharás después en casa. Es mejor no exponerse.

Se atiborra a encurtidos a altas horas de la madrugada de un viernes mientras espera la respuesta que no llega de alguno de sus contactos en aquella red social que le ha robado la vida. Las luces de la ciudad se trasladan de las ventanas a los neones de los locales de vicio. Excepto el resplandor macilento de su monitor que ilumina la cama sin hacer y la ropa en el suelo sucio, salpicado de semen seco, de su dormitorio postadolescente.

Viaja en metro. En la última estación ha entrado en el vagón un hombre desequilibrado, violento, que aterroriza a todos los viajeros. Es un terror pasivo, del primer mundo. El hombre no se dirige contra nadie pero emana peligro: Su aspecto agreste, sus maneras brutales; persigue la destrucción. Todos evitan cruzar la mirada con este animal. El hombre avanza por el pasillo a trompicones y se para junto a él.

Impostar, ya de adulto, una personalidad. Actuar durante todo el mes que dura el curso intensivo de inglés frente a los compañeros, cretinos mayores de edad que todavía viven parasitando a sus padres. Participar en las fiestas de los viernes por la noche, informarse de sus inquietudes, presenciar sus pedestres maniobras sicalípticas. Descubrir que no es necesaria la sutileza, el juego elegante ni templado (de templanza). Tan sólo es necesario pertenecer a esta generación de ocio acelerado, de felación en los aseos pestilentes de la discoteca, de penetración en el portal de madrugada, los pantalones por las rodillas. Es un impostor sin futuro y, lo peor, sin presente.

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