Punto y seguido
Es domingo. Está nublado. Por fin hoy, después de muchos días, no me duele el estómago. Mis vecinos se mudan. Hacen ruido con los muebles en la escalera. Dan portazos. Se arrojan reproches. La casa está fría. No me apetece vestirme y me pongo un jersey grueso sobre el pijama. Ayer terminé de leer una novela y hoy tengo que elegir un libro nuevo. Miro los títulos que están en la cola de espera y ninguno me apetece. Quiero leer algo que me hable del presente. Un ensayo. Sobre las nuevas sexualidades. O sobre la juventud en Japón. Quiero aprender cómo exorcizan allí los desafíos venenosos del presente. O cómo sucumben a ellos. Me gustaría viajar a Tokio para comprobar si aquella sociedad completamente enajenada por la autorrepresión y el aislamiento humano me satisface, como todo indica. A mi vecino se le cae algo pesado contra el mármol de la escalera muerta de un domingo por la mañana y resuena como un trueno. Considero salir a quejarme. Pero me da igual. Huele a café en la cocina y reconozco que se trata de una ilusión por mi parte. Una proyección, porque todavía no lo he preparado esta mañana. Una anticipación. Pronto la haré realidad. Después de decidir qué libro leo a continuación. A pesar de que la elección me va a llevar toda la mañana. Sigue nublado.
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Ned Racine
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