No soy mecánico

Intento hacerte reir y lo consigo. Nos esperamos para ir a comer juntos. Si se te olvida la merienda, te doy la mitad de la mía. Estoy pendiente de lo que haces, de dónde estás y con quién hablas. Te pregunto qué haces por las tardes y te cuento lo que yo hago. Me entristece que no quedemos los fines de semana y fantaseo con pasar juntos las vacaciones. Cuando no estoy contigo pienso constantemente en ti.

Ya no somos adolescencetes, ni compañeros de instituto ni de la universidad. Tengo cuarenta y un años y tú treinta y ocho. Estás casada desde hace nueve y esperas un hijo. Nos conocemos de la oficina y nuestra relación se circunscribe a lo profesional. Yo la coloco este disfraz de novela rosa porque no soporto la objetividad maquinal de la realidad. Estos engranajes que quieren que giremos desacoplados, en mecanismos independientes e incluso incompatibles, del todo irrazonable —inconcebible— su combinación. Salvo para mí, no soy mecánico.

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