Lo primero que hace cuando las puertas del ascensor se cierran tras él y asciende, solo en la cabina, es extraer el pene y exponerlo al espejo que cubre por completo la pared trasera. Lo lleva haciendo tanto años que ya no le excita, ya no ve reflejada una erección, sino un apéndice oscuro y pequeño que cuelga desmotivado. No puede evitar seguir repitiendo tan ridícula acción a pesar de que ya no le aporte sicalipsis, una fórmula del todo desaparecida de su vida.
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