Resulta increíble, pero en el instituto había un chaval, inmigrante de algún país de América del sur, que se llamaba así. Por lo visto el nombre era harto común en su tierra, y el apellido no tenía allí la misma connotación que aquí. A Ezequiel Calzoncillo lo convertimos en el hazmerreír de la clase, sometido a todo tipo de humillaciones; ni siquiera los profesores eran capaces de reprimir bromas con su nombre. El caso es que no se suicidó, a pesar de lo mal que lo pasó, y consiguió un puesto de funcionario en la administración municipal.
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